Son millones de pesos invertidos en lo que hoy se convierte en una gran incógnita: ¿a qué juega Correcaminos? ¿Qué proyecto tienen? ¿Cuál es la función de los equipos? ¿Por qué se gastan millones en ellos? ¿Tienen explicación los pésimos resultados?

Cada equipo fue creado con un fin. Cada uno ha escrito su propia historia y, en su momento, obtuvo resultados favorables. Pero hoy la situación es distinta: la gente desconoce a sus equipos. Mientras uno lleva ocho años sin clasificar a la liguilla en la Liga de Expansión, otro acumula derrotas memorables sin poder ganar en la ONEFA, y el de la LNBP apenas sobrevive con algunas victorias en el basquetbol profesional.

El futbol americano es, en México, el deporte que da identidad a las universidades. Correcaminos vivió sus mejores temporadas cuando la LUFAUAT estaba fortalecida, con semilleros sólidos y un buen trabajo de scouteo que atrajo a jugadores foráneos de gran nivel. Hoy, ni el semillero funciona: el manoseo de poderes y constantes cambios han dejado desprotegidos a los jugadores, quienes parecen preferir el tochito bandera en ligas locales antes que arriesgar el físico con entrenadores que no les ofrecen becas ni incentivos que antes eran básicos.

El basquetbol, por su parte, siempre ha sido un proyecto de guerreros. Es un equipo con poca inversión en una liga que paga bien a jugadores de élite, lo que hace abismal la diferencia en nómina frente a los equipos punteros. La clave solía ser encontrar “garbanzos de a libra” que marcaran diferencia. Algunas victorias entusiasman, pero la afición exige espectáculo y entrega hasta el final, aunque todos sepan que los alcances del equipo, temporada tras temporada, son limitados.

El fútbol profesional es el que más dinero consume y, al mismo tiempo, el que más resultados debe dar. El objetivo del equipo ha cambiado según quién toma las riendas. Es imposible pensar en volver al máximo circuito si quienes deciden no conocen el camino. Actualmente, la responsabilidad recae en una secretaría universitaria, desde donde se toman decisiones sin conocimiento del equipo ni de su historia.

Hablar de un proyecto es casi un chiste: en todos estos años sin ascenso nunca se elaboró un plan de desarrollo de talento, una identidad, un proceso sostenible. Lo único que se ha buscado son resultados inmediatos, pero ni siquiera eso se ha logrado.

Resulta increíble que, pese a los esfuerzos del rector Dámaso Anaya, con caravanas, presencia, grupos musicales, acarreos y, sobre todo, apoyo financiero, no se puedan obtener los resultados esperados. Pero, ¿cómo conseguirlos si no se sabe trabajar?

Desde un presidente colocado por lo que hizo como jugador hace más de 20 años, pasando por un entrenador desactualizado y casi retirado, hasta un directivo al que ni siquiera le gusta el fútbol.

Hoy es momento de terminar con las malas decisiones que han llevado a la deriva a los Correcaminos. Se necesita un presidente que conozca al equipo, su historia, sus necesidades, y que tenga la capacidad de hacer una limpia en toda esa gente que sobra. Y no hablamos solo de jugadores o técnicos.

Por eso repito, ¿a qué juegan los Correcaminos?