Soto La Marina, Tamaulipas.- A poco más de 25 kilómetros de la cabecera municipal de Soto La Marina, entre brechas de tierra y paisajes de sierra, se encuentra una comunidad que parece detenida en el tiempo, pero que acaba de hacer historia: El Sabinito.
Este ejido, pequeño en tamaño pero inmenso en espíritu, no solo guarda uno de los secretos arqueológicos más importantes del norte del país —una antigua ruina huasteca que marca el límite septentrional de la civilización mesoamericana—, también es cuna de niños que sueñan en grande, a pesar de no tener una cancha donde jugar.
En lo más alto de la sierra, entre árboles que huelen a carbón recién hecho —la actividad principal de la comunidad—, se levanta la Primaria Moisés Sáenz. Ahí, bajo la dirección de Maritza Alpirez Maldonado y la guía apasionada del maestro Julio César Morales Arellano, un grupo de diez estudiantes entrenó con todo el corazón para representar a su comunidad en las primeras olimpiadas académicas, culturales y deportivas organizadas por el municipio.
“Entrenamos para ganar”, fue el lema que Julio César repitió hasta el cansancio durante cada práctica. Sin balones profesionales, sin aros reglamentarios, sin cancha. Apenas un espacio de cuatro por seis metros que sirvió como gimnasio improvisado. Aún así, el Sabinito fue campeón en básquetbol.
“Es una comunidad retirada, pero con gente de valores. Ahí trabajo y me gusta estar ahí. Entrenamos sin mucho, pero con todo el corazón”, cuenta el maestro Morales, quien además es el entrenador del equipo. Diseñó él mismo los uniformes, agregando la imagen de la pirámide que guarda celosamente el ejido, como símbolo de identidad y orgullo.
Esa ruina precolombina, conocida también como El Sabinito, fue descubierta hace unos años. Se trata de vestigios huastecos que colocan a esta pequeña comunidad en el mapa de la arqueología nacional. “La pirámide es parte de lo que somos”, dice el maestro. “Por eso tenía que estar en el pecho de los niños”.
Los alumnos seleccionados pertenecen a cuarto, quinto y sexto grado. Diez en total. “Algunos defienden muy bien, otros atacan mejor… pero juntos se complementan”, afirma el entrenador. “Ninguno de ellos sabía jugar básquet. Uno de los niños, Esdras, vino a Soto La Marina, vio un partido y se enamoró del juego. Él convenció a los demás para formar el equipo”.
La historia llegó a oídos de la alcaldesa, Glynnis Jiménez Vázquez, quien no dudó en apoyar a este grupo de soñadores.
“Lo que están haciendo estos niños es histórico”, afirma. “Ellos no tenían una cancha y aún así se formaron, entrenaron, compitieron y ganaron. Y eso habla del espíritu de superación que tienen. Es justo por eso que organizamos estas olimpiadas: para que cada niño descubra su talento, para que salgan de sus comunidades y se midan con otros. Tuvimos más de mil veinte participantes de las 64 comunidades del municipio”.
La alcaldesa, que se ha ganado el cariño del ejido el Sabinito, no oculta su admiración por el equipo. “Estamos viendo con seriedad la posibilidad de construirles una cancha de básquetbol. No puede ser que un equipo campeón entrene en un espacio tan reducido. Ellos ya pusieron el ejemplo, ahora nos toca a nosotros corresponder”.
Para muchos, el nombre El Sabinito solo evoca una antigua zona arqueológica. Pero hoy, para los habitantes de Soto La Marina, significa mucho más: representa el esfuerzo colectivo, la resiliencia de una comunidad que se niega a quedarse atrás, y el eco de una civilización huasteca que, miles de años después, sigue enseñándonos a construir con pasión y orgullo.
Y aunque el camino a la cabecera municipal sea largo, los niños del Sabinito ya abrieron una brecha distinta: la que lleva de la sierra a la historia.


